Londres: Carlos y Camila son coronados reyes del Reino Unido

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Coronación rey Juan Carlos y Camila

El sábado pasado, Carlos III y su esposa, Camila, fueron coronados reyes del Reino Unido en la Abadía de Westminster, en el corazón de Londres. La ceremonia fue presidida por el arzobispo de Canterbury, Justin Welby, primado de la iglesia de Inglaterra, y duró más de dos horas. La coronación se realizó con toda la tradición medieval reservada para la ocasión, utilizando insignias reales y la corona de San Eduardo, del siglo XVII, que pesa más de dos kilos y está ataviada con piedras preciosas.

El servicio litúrgico comenzó a las 11.00 hora local en presencia de miles de invitados, entre ellos los reyes de España, Felipe VI y Letizia, y representantes religiosos y de los países con los que el Reino Unido mantiene plenas relaciones diplomáticas. La ceremonia transcurrió con música especialmente seleccionada por el monarca y dirigida por Antonio Pappano, el reputado director musical de la Royal Opera House de Londres.

Antes del momento culminante de la coronación, Carlos III fue ungido con aceite consagrado por el arzobispo de Canterbury, el rito religioso más solemne de la liturgia de hoy, que requería que el monarca estuviera temporalmente oculto a la congregación. El soberano quedó velado por un panel de tela bordada con motivos de ángeles y un árbol con 56 hojas que representan a cada uno de los países de la Mancomunidad Británica de Naciones.

Carlos estuvo sentado en la silla de roble de San Eduardo, considerado el mueble más antiguo del Reino Unido y colocado sobre un piso de mosaico medieval, para la ceremonia de la coronación. Ataviado con una capa dorada, a Carlos III se le entregaron las distintas insignias reales, que simbolizan sus responsabilidades como jefe de Estado hasta el día de su muerte. Así, el rey recibió el orbe del soberano, que simboliza el mundo; el cetro con cruz, que representa el mundo cristiano; y el cetro de la paloma, símbolo del papel espiritual del monarca, así como un guante blanco como símbolo de poder.

Después, en el momento más importante, el arzobispo colocó sobre la cabeza del rey la corona de San Eduardo y gritó "Dios salve al Rey" mientras se escuchó el sonido de trompetas y se disparaban cañonazos desde distintos puntos del país, entre ellos de la Torre de Londres. Luego fue el turno del príncipe Guillermo, heredero de la corona, que besó a su padre en la mejilla.

A la salida de la abadía, Carlos III, que llevaba ya otra corona, la imperial, y Camila fueron llevados al Palacio de Buckingham en la carroza dorada de Estado, construida en 1762, escoltados por unos 4.000 miembros de las fuerzas armadas, en un imponente desfile, que estuvo acompañado por el sonido de tambores.

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