El runrún en Santiago ya no es un secreto de alcoba; es un clamor de esquina. Por los predios del Monumento, en los asientos desvencijados del concho, en las paradas técnicas de las bombas de combustible y hasta en los restaurantes de alcurnia donde se amarran los negocios grandes, el veredicto es unísono y pesado: al PRM se le está complicando el juego.
Ya no se trata de los numeritos fríos de las encuestas, esos que los asesores engavetan para evitarle un mal rato al jefe. Hablamos del cuchicheo orgánico, ese que corre como pólvora por los callejones de los barrios y se mete en los food shops a la hora del café. La corriente ruge con fuerza en las calles cibaeñas, pero en la alta dirigencia parece que optaron por ponerse tapones de cera.
Ese silencio sepulcral ante un secreto a voces es lo que resulta sencillamente inexplicable.
Están dejando que la narrativa del desencanto se mude de forma permanente en la psiquis de la gente. Y usted y yo sabemos perfectamente que, en el ajedrez político dominicano, el que permite que el rival le cope el tablero antes de tiempo, termina entregando la plaza.
Los estrategas del partido oficialista tienen que dejar el «bulto» y ponerse las pilas de verdad. El viejo libreto de tirarle piedras a la acera del frente y culpar a los fantasmas del pasado ya no llena la nevera, ni frena la hemorragia de credibilidad. La confianza del electorado se está evaporando más rápido que el agua en un fogón encendido.
La gran interrogante se cuece ahora tras las cortinas del poder: ¿bastarán las decisiones cosméticas de la reciente reunión del Comité Nacional para enderezar el barco? El tiempo apremia, la paciencia del patio es corta y aquí, en el Cibao, el que se duerme… se lo lleva la corriente.

