Por Alfredo Cruz Polanco
La República Federativa de Brasil tiene una población de alrededor de 215 millones de habitantes, de los cuales aproximadamente 158 millones tienen derecho al voto. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, los brasileños deberán escoger entre el actual mandatario y exlíder sindical, Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), y el ultraderechista Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), quien obtuvo una ligera ventaja en la primera vuelta.
Flávio Bolsonaro es senador e hijo del expresidente y exmilitar Jair Bolsonaro, quien se encuentra bajo arresto y ha sido condenado a 27 años de prisión por la justicia brasileña por su participación en un intento de golpe de Estado contra el Gobierno de Lula. La segunda vuelta está pautada para el próximo domingo 25 de octubre y se considera una de las contiendas electorales más trascendentales de la historia reciente de Brasil.
En estos comicios se pondrá en juego el futuro de ese gigante suramericano, cuya economía figura entre las más importantes de América Latina y ocupa una posición destacada a escala mundial.
Brasil es uno de los mayores productores y exportadores del planeta, tanto en el sector agropecuario como en el minero. Entre sus principales productos figuran el café, el azúcar, el etanol, la harina de soja, el maíz, el algodón y las carnes de res, pollo y cerdo. Asimismo, cuenta con importantes yacimientos de hierro, bauxita, aluminio, cobre y oro, además de reservas de petróleo y gas natural. A esto se suman su producción de biodiésel y una sólida industria metalúrgica y automotriz.
En este contexto, los brasileños tendrán que decidir si respaldan la continuidad de Lula da Silva, un político perseverante, de visión de futuro y discurso moderado y coherente, que ha procurado transmitir confianza y esperanza a amplios sectores de la población.
Lula es un dirigente de origen humilde que ha defendido los derechos humanos, las libertades públicas y sindicales, la libre empresa, la libertad de expresión y la libertad de credo político y religioso. También ha apostado por la unidad familiar, la paz social y laboral, la estabilidad macroeconómica y financiera, el progreso, el desarrollo, la transparencia y el fortalecimiento institucional.
Su trayectoria política se ha caracterizado, desde la perspectiva de sus partidarios, por la defensa del orden constitucional, el diálogo y la búsqueda de consensos, sin recurrir al odio, el rencor ni la venganza. Al asumir el Gobierno, Brasil enfrentaba profundas divisiones políticas y sociales, además de importantes desafíos económicos e institucionales. Frente a ese panorama, Lula ha procurado colocar los intereses nacionales por encima de las conveniencias particulares y partidarias, promoviendo la unidad dentro de la diversidad.
Durante sus gobiernos, áreas fundamentales como la educación, la salud, la seguridad social y ciudadana, el empleo y la vivienda han ocupado un lugar importante en la agenda pública. Según las cifras y evaluaciones que se atribuyen a organismos internacionales, entre ellos el Banco Mundial, se han registrado avances en la reducción de la desigualdad social y la pobreza extrema, así como en la lucha contra el hambre. También se destaca que millones de personas lograron salir de la pobreza, se fortaleció la clase media y se procuró que los aumentos salariales contribuyeran a preservar el poder adquisitivo de los trabajadores.
En el ámbito económico, se han impulsado medidas dirigidas a formalizar las actividades productivas, fomentar la generación de empleos de calidad y mejorar las condiciones de vida de la población trabajadora. Asimismo, se han promovido reformas tributarias y fiscales, la protección de la Amazonía, la reducción de la deforestación ilegal, la defensa de los territorios de los pueblos indígenas, el acceso al microcrédito y el desarrollo de fuentes de energía renovable.
En el plano internacional, Lula ha contribuido a consolidar la presencia de Brasil en los principales foros y cumbres multilaterales, procurando que el país desempeñe un papel relevante en la discusión de los grandes asuntos globales.
En definitiva, sus partidarios consideran que Lula ha gobernado con equilibrio y una visión orientada al desarrollo, procurando evitar los privilegios, el nepotismo, la exclusión y la persecución política, al tiempo que promueve mayores oportunidades para la población.
En la otra acera política se encuentra Flávio Bolsonaro, senador y aspirante a dirigir ese inmenso país. Su candidatura representa, a juicio de sus críticos, la posibilidad de un retorno al modelo político asociado con su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, cuya gestión estuvo marcada por fuertes confrontaciones políticas y cuestionamientos relacionados con el manejo de la crisis sanitaria, la protección del medioambiente, las instituciones democráticas y los derechos humanos.
Los críticos de ese modelo señalan, además, sus prácticas de confrontación, la polarización social, los enfrentamientos con distintos sectores institucionales y las tensiones generadas en torno a las libertades públicas y los derechos de los trabajadores. Desde esa perspectiva, un eventual Gobierno de Flávio Bolsonaro podría incrementar la incertidumbre política y económica, debilitar la cohesión social y generar nuevos desafíos para la estabilidad institucional de Brasil.
En un escenario internacional caracterizado por graves tensiones económicas y políticas, el liderazgo que necesita Brasil debe estar sustentado en la responsabilidad, el respeto a la democracia, la defensa de las libertades y la capacidad de construir consensos. Se requieren gobernantes con ideas abiertas y progresistas, capaces de pensar en las generaciones presentes y futuras, y no exclusivamente en las próximas elecciones.
Los pueblos necesitan dirigentes que no auspicien la violencia ni promuevan el odio y el rencor; que protejan la Amazonía, el medioambiente y los recursos naturales, y que comprendan que el desarrollo económico debe ir acompañado de justicia social, estabilidad institucional y respeto a la dignidad humana.
Si Lula da Silva resulta vencedor en la segunda vuelta del próximo 25 de octubre, sus partidarios interpretarían ese resultado como una victoria de la democracia sobre el autoritarismo, de la razón sobre la violencia y del diálogo sobre la confrontación. También lo considerarían un triunfo de la humildad frente a la arrogancia, de la igualdad frente a la discriminación social y racial, y de la esperanza y la perseverancia frente al desaliento.
En definitiva, estaría en juego mucho más que la elección de un presidente: se trataría de decidir el rumbo político, económico y social de una de las naciones más influyentes de América Latina. La democracia, la justicia social y el respeto a los derechos fundamentales constituyen pilares indispensables para garantizar la dignidad humana y construir un futuro de mayores oportunidades.
Que Dios ilumine a los brasileños para que tomen la decisión más atinada, oportuna y justa, de manera que prevalezcan la paz social, política y laboral, la estabilidad macroeconómica y financiera, así como el crecimiento y el desarrollo que tanto necesita y merece ese gigante suramericano.
En estos difíciles momentos de crisis e incertidumbre que vive la humanidad, Brasil tiene la oportunidad de demostrar que la democracia, el respeto mutuo y la búsqueda del bien común siguen siendo caminos fundamentales para alcanzar un futuro mejor. Ojalá que así sea.

