Por la Confidente
El pasado 24 de mayo en la Gran Arena del Cibao, Ulises Rodríguez se cuidó de no echar candela ni de enseñar demasiada euforia. Acompañó a Carolina Mejía, la presidenciable de su partido, pero lo hizo con el freno puesto: aplausos medidos, gesto contenido y cero alboroto. En la política, a veces el silencio dice más que un discurso, y aquí el alcalde de Santiago pareció caminar sobre cristales para no dar señales de más.
Antes de llegar al acto, eso sí, se le vio en fotografías bien sonrientes con Hipólito Mejía, Carolina, Emilio Reyes, Miguelina Alba y otros pesos pesados del entorno. De ahí que la pregunta quede flotando como chinche en techado de zinc: ¿era pura cortesía institucional o un guiño con destinatario político? Porque una cosa es acompañar, y otra muy distinta es comprometerse. Y Ulises, por ahora, luce más bien en esa zona gris donde algunos se venden como neutrales, aunque todo el mundo sabe que en política la neutralidad dura lo que dura una foto.
La lectura en los pasillos es que Rodríguez está midiendo el terreno con mucha cautela. No quiere cerrarle la puerta a Carolina, pero tampoco parece dispuesto a quemar cartuchos antes de tiempo. En Santiago, donde cada movimiento se comenta de esquina a esquina, ese tipo de prudencia se entiende: hoy se aplaude a uno, mañana se recibe a otro, y pasado se deja abierta la ventana por si sopla mejor el viento.
Al final, la jugada de Ulises manda un mensaje doble. A Carolina le deja ver que no le está dando la espalda; a los demás aspirantes del PRM les recuerdan que en Santiago ningún apoyo viene con sello definitivo. Y así anda el alcalde: calladito, con sonrisa de foto y calculadora política en mano, mientras la ciudad y el partido leen entre líneas para descubrir de qué lado caerá la ficha cuando llegue la hora buena.

