En Santiago hay un dirigente que no anda mirando para el lado ni esperando que la coyuntura le caiga del cielo. El ingeniero Hamlet Otáñez, presidente municipal de la Fuerza del Pueblo, se ha montado en una dinámica política de esas que obligan a tomar nota. Está donde tiene que estar, o por lo menos donde el poder necesita que alguien esté: pendiente del ruido, del reclamo, del movimiento y de la jugada que se cocina detrás del telón.
No es un presidente municipal decorativo. Se mueve, llama, coordina, responde y, sobre todo, marca posición. Cuando hay un tema en Santiago, él sale al frente. Cuando la dirección central del partido lo convoca en la capital, allá aparece. Y cuando su secretaría de Agua y Saneamiento toma la palabra, él está ahí, encabezando, empujando la línea, afinando el mensaje. En política, eso vale más que una pose bien peinada. Vale presencia. Vale oficio.
Hay que decirlo sin rodeos: en este momento, Otáñez luce como el dirigente político más activo de Santiago, y eso incluye a más de uno que anda con cargo, escolta y micrófono, pero con el motor apagado. El hombre escribe, habla, produce, graba, distribuye y convierte cada hecho relevante en una pieza política útil. Nada se le queda por debajo de la manga. Sabe que en tiempos de ruido, el que informa primero también pesa más.
Ahí está una de las claves. No se trata solo de oposición. Se trata de ocupación del terreno. De no dejar que el gobierno monopolice la narrativa. De responder con rapidez, con datos, con imágenes y con una lectura política que no suena improvisada. Y eso, en buen dominicano, no es cuento. Es trabajo.
Otáñez parece entender algo que otros olvidan: la política moderna también se hace con constancia, con presencia y con olfato. No basta con hablar duro. Hay que estar encima de la calle, de la prensa, del comité, del problema y del estado de ánimo de la gente. Y él, por lo visto, no se descuida ni en lo mínimo.
Eso explica por qué su figura empieza a ganar espacio más allá de la mera estructura partidaria. Porque mientras muchos esperan turno, él se mueve como si supiera que en este negocio el que pestañea, pierde. Y en Santiago, por ahora, nadie puede decir que el ingeniero está dormido en los laureles. Todo lo contrario: está en lo suyo, afinando el paso y cuidando cada señal.
En política, a veces, el mérito no está solo en hablar. Está en no dejar que otros llenen el vacío. Y ahí Hamlet Otáñez anda mandando un mensaje que, por más que algunos quieran minimizarlo, se oye clarito. Porque una cosa es parecer activo, y otra muy distinta es serlo de verdad. Y en esta vuelta, el hombre está haciendo bulla con contenido. Veremos hasta dónde le alcanza la cuerda, porque en el ajedrez del poder nunca falta una pieza escondida esperando su momento.

