Por Luis Alberto de Leon
El domingo de Resurrección, Jesucristo salió victorioso de la tumba. Es decir, venció la muerte y le dio un nuevo giro a la humanidad y a la fe de todo creyente. Fue tan impactante este acontecimiento que ha dividido la historia del mundo en dos partes: antes y después de Cristo. Porque cualquier ser humano —filósofo, historiador, científico o personaje importante— puede morir u ofrecer su existencia por una causa determinada, pero ninguno ha resucitado del lugar donde fue enterrado.
Esta es la razón por la que todos los años, no por rutina, sino por conmemoración, agradecimiento y fe en Jesucristo, los cristianos del mundo celebramos con alegría, gozo y entusiasmo la Resurrección. Pues, como dice san Pablo: “Una vez resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir; en Él la muerte ya no tiene dominio” (cf. Rm 6,9). Por eso, en Jesucristo nace y renace la esperanza del creyente, del hombre y la mujer de fe, que no viven para lo que pasa, sino para lo que permanece.
Hemos celebrado una vez más la Resurrección de Jesucristo, pero en esta ocasión en medio de tensiones y conflictos internacionales. Mientras muchos buscan culpables y otros se preocupan por determinar quién tiene la razón, el cristianismo dirige la mirada hacia Aquel que, con su Resurrección, nos ha traído vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Porque, al final, después de toda guerra surge el deseo de alcanzar acuerdos y equilibrio; sin embargo, lo verdaderamente prudente sería buscar la paz antes y no después. El poder, el orgullo y otras debilidades humanas llevan muchas veces al extremo de la violencia.
La Resurrección del Señor no hace ruido, no viene con populismo ni con propuestas artificiales; al contrario, viene a recordarle a la humanidad que solo el Hijo de Dios tiene la última palabra. Que somos cuidados desde el cielo (cf. Mt 6,26) y que nuestro fin es buscar los bienes de arriba, no los de la tierra, donde “hay ladrones y la polilla corroe” (cf. Mt 6,19-20).
Jesucristo seguirá siendo el paradigma, el norte de todos los que hemos puesto nuestra fe en los valores espirituales. Porque, por más avanzado que esté el mundo, solo el Maestro, el Señor de vivos y muertos, puede hacer al hombre verdaderamente feliz y darle la libertad auténtica de los hijos de Dios. Por tanto, la guerra no es más que el reflejo del capricho de los poderes por imponer por la fuerza lo que la razón no ha logrado alcanzar.
Es lamentable haber llegado a este punto en pleno siglo XXI, pero los cristianos seguiremos confiando y proclamando a un Dios que es el camino, la verdad y la vida. De aquí que los creyentes siempre creemos que las guerras dejan muertes, heridos, división, un recuerdo amargo difícil de superar y nunca ningún fruto positivo para la humanidad. En otras palabras, la guerra lleva al fracaso y Cristo nos conduce al cielo.
¿Qué camino vamos a elegir?

