Por La Confidente
Hay decisiones que, en la República Dominicana, no solo se miden por su valor sanitario, sino por el ruido que levantan en los pasillos del poder. Y esta semana, en pleno inicio de la Semana Santa, una recomendación del ministro de Salud Pública, Víctor Atallah, terminó tocando una fibra sensible: la de una industria que no acostumbra quedarse callada cuando siente que le mueven el piso.
Atallah habló de lo que repiten los médicos con frecuencia y que muchos ciudadanos siguen postergando con una naturalidad casi peligrosa: menos refresco, más agua. Dijo algo que, en términos de salud pública, no tiene pérdida. Una bebida azucarada puede cargar más azúcar de la que el cuerpo debería recibir en todo un día. Y, por si fuera poco, advirtió que el problema no termina en el azúcar visible, porque aun las versiones “sin azúcar” mantienen el hábito, alimentan antojos y entrenan al paladar para pedir más dulce. En buen dominicano: el cuerpo no siempre se engaña aunque el envase quiera.
Pero aquí no está solo el mensaje sanitario. Lo sabroso —y lo delicado— está en lo que vino después.
Según corrillos palaciegos, la advertencia cayó como un cubo de agua fría en la industria del refresco, que habría llevado su queja directamente al Palacio Nacional. En esos ambientes donde una llamada pesa más que un comunicado, se comenta que el video del ministro desapareció de sus redes tras una comunicación del jefe de Estado. No hay confirmación oficial de ese detalle, pero en política dominicana, cuando un contenido se borra tan rápido, casi siempre es porque tocó una cuerda que no debía sonar tan alto.
Y es que el poder, por más moderno que se vista, sigue teniendo sus viejas lealtades. Una cosa es hablar de salud pública; otra, rozar intereses empresariales que conocen el camino hasta la puerta grande. Ahí es donde el discurso técnico se vuelve asunto de Estado, y donde una simple exhortación a tomar agua termina entrando al terreno de las relaciones entre gobierno, mercado y conveniencia.
Nada extraño, por cierto, en un país donde muchas veces el debate público se decide menos por la razón que por la presión. Donde el funcionario que habla claro puede encontrarse, sin buscarlo, con el murmullo de los sectores que mueven capital, empleos y relaciones. Y donde, dicho sea de paso, no siempre se sabe quién llama a quién primero, pero casi siempre se sospecha hacia dónde se inclina la balanza.
Atallah hizo lo que corresponde a un ministro de Salud: alertar, prevenir y educar. El problema es que, en la República Dominicana, hasta el agua puede mojar intereses. Y cuando eso ocurre, el silencio posterior suele decir más que la declaración inicial.
Por ahora, nadie ha explicado con claridad por qué se eliminó el vídeo. Pero en esta plaza, cuando una publicación desaparece y los rumores se agitan, es porque debajo del vaso todavía queda bastante fondo.

