Por: Agustín Perozo Barinas
Un viejo dicho sentencia: «Hambre que espera hartura no es hambre». Solo quien la padece sin ninguna esperanza de alimento alcanza a comprender de verdad esa desgracia, como ocurre también con la sed, su hermana gemela.
Otra guerra vuelve a sacudir los mercados ya disparar los precios de los hidrocarburos y los fertilizantes. Las consecuencias inflacionarias son conocidas. Geopolítica, control hegemónico, dominio financiero, negocio armamentista, expansión territorial, zonas de influencia imperial, estrangulamiento energético, rutas críticas… son muchos los intereses que convergen en el mismo tablero.
Todo parece el preámbulo de algo mayor. Por ahora, se trata de un conflicto bélico por imponerse: contención o sometimiento alrededor del petróleo y el gas.
Se comenta que, en términos prácticos, es poco probable que el mundo se quede sin petróleo por completo. El fin de la llamada era del petróleo, tras alcanzar un pico de demanda, vendrá impulsado más por factores económicos y ambientales que por el agotamiento físico del recurso.
La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda mundial podría llegar a su punto máximo para 2030 y comenzar a descender a medida que crezcan las energías renovables y el uso de vehículos eléctricos. Pero surgen preguntas inevitables: ¿qué pasará con la industria, con la generación eléctrica, con el transporte aéreo y marítimo? ¿Será la energía nuclear la respuesta?
Mientras avanzamos hacia esos escenarios que pertenecen a las próximas décadas, la realidad inmediata golpea con crudeza: guerra y hambre, sangre y dolor, odio y muerte, miedo y horror. Y, sin embargo, el sufrimiento ajeno no altera demasiado nuestras rutinas. Seguimos insensibilizándonos con una desconexión pasmosa frente a los demás.
Como ya fue escrito:
La guerra es la mejor
amiga del hambre.
El hambre de guerra
del hombre.
La guerra en nombre
del hambre.
Devorándose
unos a otros.
El hambre al hombre.
La guerra al hambre.
El hombre al hombre.
Hasta que un día
no queda nada…
ni guerras,
ni hambre,
ni hombres.
Dwight Eisenhower advirtió en su discurso The Chance for Peace , pronunciado en 1953, en pleno inicio de la Guerra Fría, que “cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y no son alimentados, a quienes tienen frío y no son abrigados”.
El gasto militar no solo produce armas: también define lo que deja de construirse. Sin embargo, la industria armamentista en las grandes potencias —Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea, el Reino Unido, entre otras— conserva un poder tan vasto como el del sistema financiero global y las corporaciones de alta tecnología. Esos intereses, esas élites, parecen intocables.
Las guerras siempre son justificadas por quienes las provocan; es una constante histórica. Los motivos que las impulsan suelen elevar sus “razones” hasta el extremo: intereses territoriales, económicos, ideológicos, teológicos, étnicos… “El Estado es la razón organizada”, se ha dicho. Pero siempre queda la pregunta: ¿qué tipo de razón? Es como intentar entender cómo un ojo puede mirarse a sí mismo sin un espejo delante.
En algunos discursos geopolíticos se insiste en que, más allá de las banderas y de la retórica emocional que inunda las redes, lo que ocurre en Medio Oriente es una reconfiguración de activos a escala global. En el tablero de las élites, las naciones serán piezas de infraestructura y las guerras, un “costo de mantenimiento” para despejar el terreno de actores obsoletos. Mientras el público se desgasta en debates ideológicos, el mundo no se está acabando: se está reorganizando.
Los promotores de las guerras y del hambre, deshumanizados, parecen tener como lema lo que dejó Louis-Ferdinand Céline: «La tierra está muerta. Nosotros somos solo gusanos encima de ella, gusanos en su gordo y asqueroso cuerpo, comiendo sus entrañas y todos sus venenos. Nada puede ayudarnos, nacimos podridos».
Desde esa condición de no temor a la muerte podría entenderse que, para ellos, la vida no es más que una proyección natural. La neurología lo explicaría así: sin un cerebro biológico que procesa impulsos, desaparecen las estructuras que construyen nuestra realidad. Sin memoria ni anticipación, el tiempo se disuelve. Sin un “yo” que necesite comunicarse con un “otro”, el lenguaje pierde su función. Sin flujo de conciencia, el pensamiento se extingue. Es, en esencia, el retorno al estado previo al nacimiento.
Y si no existe nada después, sin premio ni castigo tras morir, ¿qué importa entonces aplicar el poder en su versión más brutal en este plano? No creer en un “algo” posterior a la vida puede ofrecer una falsa sensación de seguridad ante la muerte. En cambio, cree en ese “algo después” humaniza y refrena.
El ser humano es una criatura admirable desde el punto de vista biológico, y aún así degradamos ese privilegio entre guerras “justificadas”, como si fuéramos seres desechables. Freeman Dyson, el físico visionario, nos invitó a mirar la naturaleza con otros ojos. En lugar de ver plantas y animales como simples organismos, propuso entenderlos como la ingeniería más avanzada y sofisticada que ha existido en el universo. Nuestras máquinas palidecen ante la complejidad de una sola célula. «La biología es la tecnología más poderosa jamás creada», dijo.
Un anciano, de esos que sostienen que por ser genio no necesariamente se es infalible y que prefería citar frases célebres, comentó una vez: “Quien no ve el mal es porque ha sido engañado por él”. Luego recordó que todos nacemos marcados por la fatalidad y que, por tanto, la parca siempre nos nivelará como fuerza ineludible y liberadora. Sentenció que la muerte, ecuánime, tiene dos rostros sonrientes: uno sarcástico para los malvados y los corruptos, y otro piadoso para los justos y los sufridos.
Elija en vida de qué lado quiere estar antes de cruzar ese portal sin retorno.
Autor de los libros sociopolíticos La Tríada y Érase una vez un edén en el Caribe

