Por Luis Alberto De León Alcántara
Con el correr del tiempoo, y casi sin darnos cuenta, nos estamos acostumbrando al mal. Vivimos inmersos en un contexto histórico sumamente complejo y lleno de contradicciones: el siglo de mayor adelanto científico, económico y tecnológico es, paradójicamente, el más violento; un tiempo donde se cometen más fraudes y más atentados contra la dignidad humana. A pesar de esto, poca gente se rebela ante la situación social en la que vive. Al parecer, la mejor solución para muchos es sufrir la cruda realidad y vivir resignados, repitiendo la frase gastada: “la vida es así y no se puede hacer nada al respecto”.
Existe la sensación generalizada de que las personas en la actualidad solo tienen tiempo para trabajar y disfrutar del limitado ocio que la misma sociedad les brinda. Quizás esta sea una de las razones por las que el pesimismo y la dejadez ganan terreno. Incluso la iniciativa en los jóvenes se ha visto reducida a propuestas y acciones esporádicas; ideas que se lleva el viento en cuestión de minutos porque carecen de consistencia, siendo proyectos que se diluyen antes de madurar.
Los apasionados del engaño nos están robando la conciencia. Nos quitan lentamente el deseo de luchar y de pretender una patria más justa y humana para todos. Asimismo, se percibe que los individuos están excesivamente cansados de pasar trabajos y de acumular tragos amargos en la existencia, llegando al punto de no tener energía para reclamar sus derechos o para organizarse en asociaciones que coloquen la justicia donde realmente corresponde. Por eso, hoy nos estamos quedando sin líderes y sin auténticos defensores de la paz, de la equidad y de los derechos humanos.
Nos encontramos en un siglo «gelatinoso», en un tiempo difícil para la humanidad donde el gran mal que nos invade es el relativismo moral. Esta postura carece de racionalidad al sostener que todo da igual y que todo vale lo mismo. Sin embargo, sabemos que esto no es así: las cosas tienen su propia esencia y su razón de ser; nada queda al azar. Por lo tanto, no podemos colocar realidades distintas en un mismo sitio, ni creer que el orden de la cotidianidad puede ser modificado según el capricho de cualquier ser humano, como si el pensamiento espontáneo fuera suficiente para transformar nuestras circunstancias.
No podemos continuar caminando hacia donde nos quieren llevar: a ser esclavos del pensamiento ajeno. Nos están manipulando a través de la tecnología, el entretenimiento y las frivolidades superficiales para que no levantemos la voz y permanezcamos anestesiados. Pero todos sabemos que el caos no es orden, que no nacimos para vivir humillados y que no existen seres humanos superiores a otros en el ámbito de la dignidad. Por consiguiente, alcemos la voz; no se puede vivir con miedo en una sociedad que se define como libre y democrática.





