Por Rafael Baldayac
Cuidar es, probablemente, el trabajo más antiguo y más humano que existe. Todo el mundo necesita el apoyo y los cuidados de otras personas.
Es decir, todas las personas necesitan cuidados, y todos los proporcionamos a lo largo de la vida.
Todos pasamos por momentos en que nos toca proporcionar cuidados y recibirlos y, en ocasiones, ambas cosas a la vez.
Usted se imagina un mundo donde el apoyo y el cuidado sean tan valorados como el éxito o la independencia.
La realidad es que en distintos momentos de nuestra vida, reitero, todos brindamos, recibimos y necesitamos cuidados y apoyo.
Muchas personas en el mundo se dedican a dar asistencia, cariño y tiempo a personas dependientes o vulnerables. Es un acto de humanidad esencial para una sociedad más empática y justa.
Sin embargo, los cuidados aún no se reconocen plenamente, las responsabilidades no se reparten de forma equitativa y el acceso a los cuidados y al apoyo no está garantizado para todos.
El envejecimiento de la población, los nuevos modelos de familia y la desigualdad de género hacen urgente reorganizar cómo se presta y valora este trabajo.
Si no se actúa, el déficit de servicios de cuidado podría desencadenar una crisis global y profundizar las brechas de género.
El cuidado abarca tareas directas, como atender a un niño o a una persona enferma, e indirectas, como cocinar o limpiar. Aunque gran parte de este trabajo es no remunerado, constituye una pieza clave del sistema económico.
La economía del cuidado abarca una amplia gama de actividades. El trabajo de cuidados remunerado incluye enfermeras, médicos, personal doméstico y otros trabajadores esenciales que sostienen la vida cotidiana.
Alguien cambia pañales, prepara comidas, acompaña a un mayor al médico o vela por un familiar enfermo cada día, se realiza casi siempre sin cobrar y casi siempre en silencio.
Ese trabajo invisible sostiene la vida y la economía, aunque no aparezca en ninguna nómina. Para reconocerlo, la ONU proclamó el 29 de octubre como Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo.
Una fecha que nos recuerda que reconocerlo, repartirlo y sostenerlo con recursos no es un gasto, sino la base invisible sobre la que se levanta todo lo demás. Además, sigue estando altamente feminizado, ya que recae principalmente sobre mujeres, especialmente en el ámbito no remunerado.
El trabajo de los cuidados sostiene el funcionamiento del mundo. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, los cuidados dan forma a nuestras vidas, nuestras economías y nuestras comunidades.
Pensemos en la preparación de comidas, los infantes que se acompañan a la escuela, el apoyo a las personas mayores, la ropa que se lava y plancha, así como las innumerables tareas invisibles que hacen posible la vida cotidiana.
Sin el trabajo de los cuidados, las sociedades sencillamente se detendrían por completo. Pero ahí está el problema: nuestra manera de abordar el trabajo de los cuidados ha estado equivocada.
El trabajo de los cuidados no es cosa de mujeres: es una realidad y responsabilidad de todas y todos. Lo hemos oído alguna vez: los cuidados son “cosa de mujeres”.
Esa creencia anacrónica limita los derechos y las oportunidades de las mujeres y supone un lastre para la sociedad en su conjunto.
La creciente demanda de servicios de cuidado en todos los países, debido al envejecimiento de la población y cambios en las estructuras familiares, apunta a una crisis global de cuidados.
Se estima que para 2030 habrá 2,300 millones de personas que requerirán cuidados, impulsado por el aumento de personas mayores y niños.
Alrededor del 45 por ciento de las mujeres en edad de trabajar están fuera del mercado laboral como consecuencia del trabajo de cuidados no remunerado, frente a tan solo el 5 por ciento de los hombres.
El trabajo de cuidados es una labor indispensable y debe ser visto, reitero, como un derecho universal, en el que todas las personas tengan igualdad de oportunidades para desarrollarse sin importar género, edad o condición social.





