El Sermón de Adviento y sus aportes a los derechos humanos

A 512 años del Sermón de Adviento de fray Antonio de Montesinos, origen de la defensa de la dignidad humana en el Nuevo Mundo

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Por Alfredo Cruz Polanco

El pasado 21 de diciembre se conmemoró el 512 aniversario de uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia americana: el histórico, impactante y conmovedor sermón pronunciado por fray Antonio de Montesinos en 1511, miembro de la Orden de los Dominicos, ante las principales autoridades coloniales establecidas en la isla La Española. Este discurso es conocido como el Sermón de Adviento, denominado así por haber sido pronunciado en el cuarto domingo de Adviento, tiempo litúrgico de preparación para la venida del Mesías, según la tradición de la Iglesia católica.

Aquel sermón constituyó la primera gran manifestación pública de protesta, indignación y denuncia en América contra los abusos de la colonización española. En defensa de los pueblos aborígenes, Montesinos expuso con valentía la opresión, las injusticias, la crueldad y la explotación a las que eran sometidos los indígenas, obligados a realizar labores inhumanas en la extracción de oro, sin alimento suficiente ni atención médica cuando enfermaban, todo ello al margen de cualquier noción de derecho o justicia.

Para ese día fueron convocadas las principales autoridades coloniales a la iglesia catedral, entre ellas el almirante Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón, y el entonces gobernador fray Nicolás de Ovando. También se encontraba presente Bartolomé de las Casas, quien en ese momento ostentaba la condición de encomendero, figura bajo la cual se asignaban indígenas con el supuesto propósito de protegerlos y evangelizarlos.

El sermón había sido redactado por fray Pedro de Córdoba, superior de la primera comunidad dominica en La Española, y fue firmado por todos los miembros de la orden. Para su proclamación se designó a fray Antón de Montesinos, reconocido por su poderosa voz y su extraordinaria capacidad oratoria, cualidades que lograron estremecer a todos los presentes en el templo.

El impacto fue inmediato. La prédica provocó profunda irritación entre las autoridades y los encomenderos. Diego Colón, visiblemente enfurecido, exigió con amenazas al superior de los dominicos que el predicador se retractara públicamente el domingo siguiente de todo lo dicho en el Sermón de Adviento.

Sin embargo, lejos de retractarse, el domingo 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, fray Antón de Montesinos volvió al púlpito y, con un tono aún más firme, valiente y desafiante, amplió y reafirmó sus denuncias contra los maltratos infligidos a los indígenas. Aquel segundo sermón terminó de sacudir las conciencias y encender el conflicto con las autoridades coloniales.

Bartolomé de las Casas, convencido de que el sistema de encomiendas constituía un grave abuso y una forma de explotación, renunció a su condición de encomendero y se convirtió, desde entonces, en uno de los más fervientes defensores de los derechos de los indígenas.

Los ecos de aquellos sermones cruzaron rápidamente el Atlántico. Diego Colón y los encomenderos elevaron sus quejas al rey Fernando el Católico, quien se vio obligado a examinar con detenimiento las denuncias formuladas por los dominicos, las cuales ya habían conmovido tanto a América como a Europa.

Como respuesta, el rey convocó en Burgos una Junta de juristas y teólogos con el propósito de analizar la situación en La Española y elaborar un conjunto de normas que promovieran la convivencia, la paz y el respeto a la dignidad humana. De ese proceso surgieron las Leyes de Burgos, promulgadas el 27 de diciembre de 1512, consideradas el primer cuerpo legislativo sobre la colonización de América.

Aquellos sermones no cayeron en saco roto. Marcaron el inicio del reconocimiento de la dignidad de los pueblos indígenas y del respeto a la diversidad cultural y religiosa en el continente americano. Su legado sentó bases doctrinales que, siglos más tarde, influirían en corrientes como la Teología de la Liberación y en los principios que inspiraron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948.

Este acontecimiento histórico y religioso, ocurrido en nuestra isla y con repercusión mundial, merece ser promovido a nivel internacional. El Ministerio de Turismo tiene ante sí la oportunidad de proyectar esta primicia histórica como parte de nuestra identidad, fortaleciendo el turismo cultural y religioso. Porque el turismo no es solo sol, playas y montañas: también es memoria, conciencia y espiritualidad. Que así sea.

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