Duarte y la patria: rescatar su ejemplo de honestidad y servicio

En el 213.º aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte, urge restablecer la educación cívica y exigir transparencia en el manejo de lo público.

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Por Alfredo Cruz Polanco

Al conmemorarse el 26 de enero el 213.º aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte y Díez, fundador y apóstol de nuestra nacionalidad e independencia, resulta oportuno mantener vivo su ejemplo de sacrificio, entrega, honestidad, transparencia y perseverancia. Duarte entregó sus bienes y los de su familia; fue desterrado y murió en la pobreza en Venezuela. Su vida es el precio que muchos pagaron para que hoy los dominicanos disfrutemos de un país libre e independiente.

Durante el Mes de la Patria, cada hogar dominicano debería izar la bandera tricolor con orgullo y dignidad —pero también aprovechar la ocasión para preguntarnos si hemos valorado en su justa medida el sacrificio del Padre de la Patria. ¿Cumplimos su ideario y honramos su legado histórico? ¿Hemos avanzado legislativa e institucionalmente? ¿Mejoró la justicia, la gestión municipal, la política migratoria y la protección ambiental? ¿Hay mayor transparencia, respeto a las leyes y defensa de la soberanía fronteriza?

La realidad demuestra que aún falta. La ausencia de una cultura sólida de rendición de cuentas, las múltiples denuncias por actos de corrupción y la impunidad que persiste exigen que emulemos el ejemplo de Duarte. Sus valores éticos y cívicos —pulcritud, honestidad, desprendimiento y vocación de servicio— deben orientar tanto la actuación de los ciudadanos como la de quienes administran lo público.

Juan Pablo Duarte. Foto: Fuente externa.

En lo educativo hay responsabilidades concretas. Es necesario que en las escuelas públicas y colegios se cante su himno y se rindan los honores correspondientes, pero también que se retome la enseñanza de la “Moral y Cívica”, materia que fue eliminada del currículo y cuya ausencia ha contribuido a la erosión de valores en generaciones recientes. Los docentes, además de fortalecer la formación académica, deben difundir los símbolos y valores patrios para avivar en las nuevas generaciones el fervor que Duarte nos legó.

El mayor homenaje a Duarte no son los actos simbólicos ni los discursos hipócritas; es respetar su legado en la práctica. Cada dominicano y, de manera especial, cada funcionario público —legisladores, ministros, alcaldes, directores y todos los que manejan recursos estatales— debe imitar su conducta: presentar cuentas, actuar con pulcritud y rendir cuentas de los recursos que les fueron confiados. Duarte dio ejemplo cuando, el 12 de abril de 1844, rindió cuentas ante la Junta Central Gubernativa sin que nadie se lo exigiera; ese acto debería ser norma, no excepción.

Da pena que haya que amenazar con sanciones para que algunos cumplan con obligaciones tan elementales como declarar su patrimonio ante la Cámara de Cuentas, tal como exige la Ley 311-14. Servir al Estado significa administrar con lealtad los recursos públicos; nunca servirnos de ellos. La restauración de la ética pública pasa por aplicar un verdadero régimen de consecuencias a quienes participan en entramados de corrupción público-privada.

Hoy más que nunca necesitamos la unidad de los dominicanos. Nuestra soberanía se ve amenazada por injerencias extranjeras y por intereses que pretenden debilitar los pocos referentes de honestidad y patriotismo que aún quedan. Estamos obligados a promover y difundir la vida y obra de quien se inmoló por una patria libre y soberana: libre de ignorancia, insalubridad, inseguridad, injusticias, enriquecimiento ilícito e impunidad.

Trabajemos por y para la Patria; trabajemos para nosotros mismos. Si así lo hacemos, el sacrificio y el martirio sufridos por el Padre de la Patria no habrán sido en vano. ¡Loor y gloria eterna a Juan Pablo Duarte! ¡Viva la República Dominicana!

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