Contar una historia que parece un juego

Un recuerdo de juventud que entrelaza el nacimiento de un sueño cultural en el Cibao con un accidente que marcó para siempre el rumbo de una vida.

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Por Carlos Ricardo Fondeur Moronta

En 1976, cuando apenas tenía quince años, fui junto a mis amigos del Club Luz y Progreso, del Ensanche Bermúdez, Nelson Checo y José de Luna, a buscar asesoría para la creación de un grupo teatral. Visitamos la casa donde vivía el poeta José Ulises Franco, ubicada en la avenida Juan Luis Franco Bidó, hoy avenida Juan Pablo Duarte, esquina calle Beller. Allí nació y vivió el héroe de la patria de la Segunda República, el restaurador Ulises Franco Bidó.

El poeta nos indicó que entramos por un pequeño y estrecho callejón, y conversó con nosotros a través de la ventana lateral izquierda de la antigua vivienda, construida en tiempos de la Independencia dominicana. Le expusimos entonces nuestra inquietud de formar un grupo de teatro folklórico.

Nos recibió con gran cordialidad. Luego se dirigió a un pequeño librero que tenía en la sala de su modesta casa. Aunque la ventana era pequeña, y nosotros éramos apenas unos muchachos, podíamos ver el interior sin dificultad. Observe sus antiguos muebles de caoba y una mecedora tradicional dominicana, elaborada en guano.

Tomó un libro de unas cincuenta hojas y lo examinó mientras caminaba en círculos por la sala, taciturno y algo dudoso. Lo hojeó con suavidad. Después se dirigió a nosotros y nos pidió nuestros nombres. Cada uno se identificó, mientras el poeta José Ulises Franco los escribía en una de las hojas del ejemplar.

Ese era su libro más querido y conocido: Cosas de mi Tierra (Cibao Adentro) , un decimario folklórico sobre la vida de los antiguos pueblos del Cibao, región del norte de la República Dominicana, rica en cultura.

Nos leyó una décima y quedamos maravillados. Su lectura tenía un ritmo musical.

A partir de ese encuentro nació la idea de darle forma al grupo, al que pusimos por nombre Cibao Adentro . En una de nuestras reuniones nos visitó el actor profesional José Checo, hermano de nuestro compañero Víctor, quien acababa de actuar en una película en México, donde Andrés García era el protagonista.

Un día cualquiera de ensayo, nos dispusimos, como de costumbre, a limpiar el piso del local del Club Luz y Progreso, donde practicamos. Fue entonces cuando el destino me jugó una mala pasada que acepté sin saberlo.

Tenía quince años; veinte años después serán treinta y cinco, y de esos veinte, muchos se perdieron en su propio tiempo.

Sucedió un accidente dentro del local. Ya enjabonado el piso, a alguien se le ocurrió lanzar agua justo a mis pies. Mi primer paso sobre el jabón me hizo resbalar violentamente, y fui a parar a unos quince pies de distancia. Caí boca abajo y, al rodar, mis labios golpearon el suelo, desapareciendo de inmediato la formación juvenil de mi labio inferior.

Ramón Rodríguez, Monchi, fallecido exdirigente y funcionario de los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), quien entonces presidía el club, fue quien me llevó al Hospital Infantil Dr. Arturo Grullón, donde me realizó la cirugía reconstructiva del labio afectado.

Ese acontecimiento trastornó mi vida juvenil. Me alejé de Radio Cibao, emisora ​​de Santiago donde prestaba servicio como ayudante, mensajero y, por supuesto, como camarógrafo con audio, mientras aprendía periodismo.

Hoy todavía conserva las secuelas de aquel día en que no morí, pero fue como si lo hubiera hecho.

Aprende que la vida no es un trofeo: es el esfuerzo por alcanzarlo.

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